Texto: María Estévez (Los Angeles)
Steven Spielberg me hace volver a creer en el dios del cine a tenor de las primeras impresiones que ha causado su nueva película, El día de la revelación (Disclosure Day). Y no porque la humanidad vaya a descubrir por fin que no estamos solos en el universo, que también, sino porque parece que el director de Encuentros en la tercera fase (1977) ha decidido recordarnos, a sus 79 años, que nadie mueve una cámara, nadie nos emociona y nadie entiende mejor un patio de butacas como él.
En tiempos de franquicias agotadas, de reverencias a directores sin trayectoria empeñados en dignificar su contenido con guiños políticos, Spielberg aparece otra vez mirando al cielo. Y, por lo que cuentan quienes ya han visto El día de la revelación (Disclosure Day), el resultado es una gran película de ciencia ficción, pero, además, es una experiencia cinematográfica en el sentido más físico y primitivo del término. Una montaña rusa emocional. Un milagro de ritmo. Una de esas películas que te agarran de la pechera en el primer plano y no te sueltan hasta los créditos finales.

El propio Spielberg lo resume con una frase que suena casi a manifiesto: “La película no se detiene hasta que se detiene”. Qué manera tan spielbergiana de entender el cine. El movimiento perpetuo. El asombro como combustible narrativo. La infancia convertida en lenguaje audiovisual.
Hay algo profundamente conmovedor en que el cineasta que redefinió el blockbuster moderno con Tiburón (1975) y enseñó a varias generaciones a mirar las estrellas con E.T. (1982) siga persiguiendo, medio siglo después, la posibilidad de que ahí arriba exista algo más. Pero ahora el tono parece distinto. Más crepuscular. Más cercano al Spielberg posterior al 11-S, el de Munich (2005), La guerra de los mundos (2005) o Lincoln (2012), donde el espectáculo siempre arrastra una sombra de melancolía.

Las primeras reacciones apuntan precisamente a esa mezcla imposible entre el Spielberg aventurero de los ochenta y el narrador emocionalmente devastado de sus últimas décadas. Jim Hemphill, de IndieWire, habla de una película “tan emocionante como En busca del arca perdida, pero con la textura emocional y la ambición de Spielberg posterior al 11-S”. Y uno puede imaginar perfectamente lo que eso significa. Hay persecuciones filmadas con precisión y, de repente, un silencio, una mirada, un niño contemplando algo imposible en el cielo mientras John Williams te destroza el corazón con su música.

Porque sí, también vuelve John Williams. A sus 94 años, hay algo casi sobrenatural en esta alianza creativa. Como si Mozart hubiera sobrevivido para seguir componiendo bandas sonoras para Kubrick. Según las primeras críticas, Williams entrega aquí su mejor partitura en años. Y eso, en una película de Spielberg, es media película.
Pero quizá lo más fascinante de El día de la revelación (Disclosure Day) es que Spielberg parece haber recuperado el riesgo. Bill Bria, de Slashfilm, la define como “la película más extraña que ha hecho Spielberg”. Y lo dice como un cumplido. Extraña. Qué palabra tan hermosa para un cineasta al que demasiadas veces se ha reducido injustamente a la etiqueta de “artesano clásico”. Spielberg siempre fue raro. Lo era A.I. (2001). Lo era Minority Report (2002). Lo era incluso Hook (1991), esa película incomprendida que hoy muchos reivindican como una pesadilla melancólica sobre crecer y olvidar.

Ahora parece dispuesto a llevar esa rareza hasta el límite con un guion de David Koepp descrito como “Expediente X cruzado con la Biblia”. La frase parece inventada por un ejecutivo de marketing, pero también suena exactamente al tipo de locura que Spielberg puede convertir en oro puro.
Y luego está Emily Blunt. Todas las reacciones coinciden en señalar su interpretación como uno de los grandes acontecimientos de la película. Steven Weintraub asegura que merece entrar de lleno en la conversación de premios para dárselo a ella. Germain Lussier habla directamente de un personaje “para la historia”. No sería la primera vez que Spielberg convierte a una estrella en icono emocional colectivo. Lo hizo con Richard Dreyfuss, con Harrison Ford, con Tom Hanks, con Liam Neeson, con Drew Barrymore. Incluso cuando rueda ovnis, Spielberg filma seres humanos aterrados por la inmensidad.

Eso quizá sea lo que lo separa del resto de cineastas contemporáneos obsesionados con la ciencia ficción. Para Spielberg, los extraterrestres nunca fueron realmente extraterrestres. Son espejos. Son preguntas. Son la encarnación física del misterio, de la fe, del miedo y de la esperanza. En Encuentros en la tercera fase había ya una idea casi religiosa del contacto alienígena. No es casual el título El día de la revelación (Disclosure Day). Como si el director hubiera pasado 50 años preparando una secuela espiritual de aquella película de 1977. Y, de hecho, eso es exactamente lo que parece haber hecho.
Spielberg ha contado que durante el rodaje de Encuentros en la tercera fase investigó obsesivamente el fenómeno ovni y acabó convencido de que “algo estaba ocurriendo en nuestros cielos”. Ahora, dice, cree que está ocurriendo de verdad. Resulta fascinante escuchar a Spielberg hablar de extraterrestres con la naturalidad de un niño entusiasmado.

Tal vez por eso el momento cultural sea perfecto. En plena fiebre contemporánea por los informes desclasificados del Pentágono y los vídeos de fenómenos aéreos anómalos, Spielberg regresa al género que ayudó a definir. Pero mientras otros cineastas convierten las conspiraciones en ruido paranoico, él sigue interesado en algo mucho más sencillo y mucho más difícil al buscar que miremos hacia arriba con la boca abierta.
Quizá por eso las primeras reacciones a El día de la revelación (Disclosure Day) me hacen volver a creer en el dios del cine. Hay críticos confesando que lloraron. Otros pidiendo entrar a la sala sin ver más tráilers. Algunos hablan directamente de la mejor película de Spielberg en 20 años. Y, francamente, cuesta no emocionarse un poco leyendo lo que dicen.
Porque si algo necesita desesperadamente el cine contemporáneo no son más lecciones paternalistas, sino cineastas capaces de recordarnos por qué es maravilloso emocionarse en comunidad dentro de una sala oscura.
Y en eso Spielberg sigue siendo un extraterrestre.

