Texto: María Estévez
El fenómeno parecía inevitable, pero nadie imaginó que llegaría tan rápido. A pocos días de su estreno en Estados Unidos, Backrooms, la adaptación cinematográfica del universo viral creado por el joven youtuber Kane Parsons, apunta a convertirse en el mayor estreno de la historia de A24. Las primeras proyecciones sitúan su debut por encima de los 35 millones de dólares durante el primer fin de semana, aunque en Hollywood ya circulan estimaciones que la acercan a los 50 millones. Las preventas, según distintas fuentes de la industria, avanzan a un ritmo comparable al de Scream 7.

Si las cifras se cumplen, Backrooms pulverizará el récord histórico de apertura de A24, actualmente en manos de Civil War, de Alex Garland, que debutó con 25,7 millones de dólares. Y lo hará con un presupuesto que ronda apenas los ocho millones. En una industria acostumbrada a producciones mastodónticas y campañas multimillonarias, el caso resulta sorprendente. Pero también simboliza algo mucho más profundo. Hollywood ha encontrado una nueva cantera de autores, y no lo ha hecho en las escuelas de cine, los ha encontrado en YouTube.
Durante los años setenta, la industria estadounidense atravesó una revolución creativa que todavía hoy funciona como mito fundacional del cine moderno. El llamado Nuevo Hollywood convirtió al director en autor. Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Steven Spielberg, Brian De Palma o George Lucas pertenecen a una generación formada en cinefilia y escuelas de cine. Los estudios, debilitados tras el colapso del sistema clásico, cedieron temporalmente el control a jóvenes realizadores obsesionados con el cine europeo, la contracultura y las posibilidades artísticas del medio.

Aquellos cineastas eran vistos como artistas.
En los años ochenta, el péndulo se desplazó. Hollywood empezó a mirar hacia la publicidad y los videoclips en busca de directores capaces de producir imágenes espectaculares y reconocibles. La estética MTV redefinió el ritmo visual del cine comercial. Realizadores como David Fincher, Tony Scott o Michael Bay llegaron desde el lenguaje acelerado de los anuncios y la cultura pop. El blockbuster moderno nació ahí: menos autoral, más inmediato, más ligado al concepto de evento.
Ahora la industria vuelve a transformarse. Solo que esta vez el semillero creativo no está en las agencias de publicidad ni en USC, donde surgió George Lucas, está en plataformas digitales donde adolescentes editan vídeos desde sus habitaciones.
Kane Parsons representa mejor que nadie esa mutación. Bajo el nombre de Kane Pixels, comenzó a subir a YouTube una serie de vídeos inspirados en el fenómeno creepypasta de The Backrooms: interminables oficinas amarillas vacías, espacios liminales y criaturas apenas insinuadas mediante una mezcla de animación digital rudimentaria y terror analógico. Parsons tenía 16 años cuando sus vídeos comenzaron a acumular millones de visitas. Sin contactos en la industria y solo con su algoritmo, Parsons triunfó en Hollywood.

A24 entendió rápidamente que aquello no era simplemente contenido viral. Parsons había construido una propiedad intelectual para la industria contemporánea nacida orgánicamente en internet y acompañada de una audiencia fanática. En un Hollywood obsesionado con explotar marcas reconocibles con su propio fandom, los ejecutivos entendieron que esa podría ser la próxima mina de oro.
Durante décadas, los estudios buscaron adaptar cómics, novelas o juguetes porque el público ya conocía esos universos. Ahora han descubierto que los propios creadores digitales funcionan como franquicias humanas. Un youtuber exitoso aporta ideas, llega acompañado de millones de seguidores, métricas de engagement y una comprensión intuitiva de cómo captar atención en redes.
En otras palabras, que Hollywood ha pasado de descubrir autores en escuelas de cine a detectarlos mediante un algoritmo con datos de audiencia.
Pero Parsons no es un caso aislado porque los hermanos Philippou, conocidos en internet como RackaRacka, saltaron de sus vídeos caóticos de acción y humor absurdo a dirigir Talk to Me, uno de los mayores éxitos recientes del terror independiente. Chris Stuckmann, durante años uno de los críticos de cine más populares de YouTube, terminó dirigiendo Shelby Oaks. Markiplier transformó su gigantesca comunidad online en la base de lanzamiento de Iron Lung.

La democratización tecnológica ha alterado completamente el acceso al cine. Basta un portátil, software de edición y la capacidad de generar atención sostenida para hacerse con un nombre en YouTube. Eso no significa necesariamente una degradación artística. De hecho, parte del interés que despiertan estos nuevos realizadores proviene precisamente de su libertad formativa. Muchos crecieron consumiendo videojuegos, creepypastas, anime, TikTok y cine simultáneamente. Su lenguaje visual no distingue entre alta y baja cultura. Son hijos de internet, y sus películas funcionan como extensiones naturales de ese ecosistema.
También hay un factor económico imposible de ignorar. Hollywood atraviesa una crisis de rentabilidad cada vez más evidente. Las superproducciones cuestan cientos de millones y las franquicias tradicionales muestran signos de agotamiento. Frente a eso, los creadores digitales ofrecen algo extremadamente atractivo: películas relativamente baratas y audiencias incorporadas de antemano.

Backrooms condensa perfectamente esa lógica. Un presupuesto reducido, una comunidad online gigantesca y una campaña de expectativa construida durante años de circulación viral gratuita. A24 no compró una idea; compró una franquicia con su fanzine. Lo que está cambiando es la definición misma de autor cinematográfico. Y Hollywood, una industria históricamente obsesionada con anticipar dónde estará el público mañana, ya ha tomado nota.
Si Backrooms termina acercándose a los 50 millones de dólares en su estreno, será una victoria para A24. Además, será la confirmación definitiva de que la próxima generación de cineastas populares ya no se está formando en Sundance ni en las escuelas de cine de California. Está creciendo en YouTube.

